Estando en París, no podíamos dejar escapar la oportunidad de realizar una Noël à Paris la Nuit. Te proponemos una cita con la ciudad del amor, del queso y de los croissants, pero a lo grande. Hablamos de una ruta pensada para exprimir la noche parisina con elegancia, sabor y un poco de desenfreno. Así que ponte tu mejor outfit, carga el móvil (porque vas a hacer fotos «non-stop»).

Crucero por el Sena
Si hay algo típico y romántico en París, más que los candados en los puentes, es un crucero por el Sena en los famosos «Bateaux Mouche», y si lo pillas por la noche, con todos los monumentos bañados en luces doradas, entonces ya hablamos de un nivel de romanticismo que ni la playlist de Edith Piaf. Pero… ¿qué es un «Bateau Mouche»?

Los «Bateaux Mouches» son unos barcos panorámicos con grandes cristaleras y cubiertas al aire libre que navegan por el río Sena desde hace más de 70 años. Son la forma más glamurosa y relajada de conocer París sin que te duelan los pies ni tengas que pelear con el GPS.

Si tienes la mala pata de que, como nos pasó a nosotros, te toque una de las nevadas más épicas que ha vivido la ciudad de la Luz (diciembre de 2010), prepárate para tiritar como un croissant congelado si decides ponerte en la parte descubierta del barco. Pero claro, si no lo haces, te pierdes lo mejor del show: las vistas.

Así que abrígate como si fueras a una expedición polar, porque lo que viene es un auténtico desfile de «postales en movimiento». El Sena no es un río cualquiera, no señor: «es la alfombra roja de los monumentos parisinos», y tú vas en primera fila. Comienza nuestra Noël à Paris la Nuit con algunos de los pesos pesados que nos salieron al paso:
La Torre Eiffel
Empezamos fuerte. Construida para la Exposición Universal de 1889 por el ingeniero Gustave Eiffel, esta dama de hierro estuvo a punto de ser derribada después del evento. Menos mal que no lo hicieron, ¿eh?

Con sus 330 metros de altura, es el punto más reconocible de París y uno de los lugares más fotografiados del planeta. Desde el barco, la ves desde abajo y te sientes como una hormiguita, pero una hormiguita con estilo. (Tienes más info sobre la Torre Eiffel aquí)

Pont Alexandre III
Posiblemente el «puente más bonito de París». Un derroche de oro, esculturas, lámparas de época y arte neobarroco que parece salido de una película de Wes Anderson. Fue inaugurado en 1900 para la Exposición Universal y simboliza la amistad entre Francia y Rusia (sí, tiempos aquellos).
Dato Curioso: El puente está alineado con la avenida de los Inválidos, así que si miras hacia el norte desde el puente, verás la cúpula dorada del «Hôtel des Invalides», donde está enterrado Napoleón. Porque aquí las vistas nunca vienen solas.

Grand Palais
Es una mezcla de Beaux-Arts y cristal futurista, y acoge exposiciones temporales y ferias de arte. Tiene una espectacular escultura que corona una de sus esquinas llamada «L’Harmonie triomphant de la Discorde» (La armonía triunfando sobre la discordia), obra del artista Georges Récipon, creada entre 1897 y 1900.
Se trata de una cuadriga (carro tirado por cuatro caballos) conducida por una figura femenina que simboliza la armonía, guiando a los caballos desbocados —símbolo de las pasiones y la discordia— hacia la unidad y el orden.

Le Louvre
Sí, ese Louvre. Uno de los museos más vigilados e impugnables 🫤… el del cuadro más famoso del mundo y los turistas que lo miran a través del móvil. Desde el Sena verás la parte antigua del palacio real, con sus fachadas renacentistas y tejados puntiagudos. (Más info sobre el Louvre aquí)

58 Tour Eiffel
Después del crucero por el Sena y con la bufanda aún medio congelada, subimos (literalmente) el nivel de la experiencia. Nuestra Noël à Paris la Nuit, no podía ser perfecta sin una cena en el «58 Tour Eiffel», ese restaurante que te hace sentir como si fueras un villano de James Bond pero con cubiertos de verdad y vistas que cortan el hipo.

Spoiler: El menú está a la altura de la torre, y no es un chiste fácil. Bueno, un poco sí. 😜

El restaurante esta situado en el primer piso de la Torre Eiffel y ha sido renovado y rebautizado recientemente como «Madame Brasserie», pero para nosotros siempre será «el 58». Sí, vas a comer dentro de la mismísima Torre Eiffel. ¿Hace falta decir más? Bueno, sí: que hay un ascensor exclusivo para los comensales. Así, mientras los demás turistas hacen cola abajo, con cara de «esto va para rato», tú subes como quien entra al backstage de Beyoncé.

Consejo: Si puedes elegir, pide mesa junto al ventanal. París iluminada es el mejor acompañamiento posible.

Menú Opéra: tres actos y una ovación final
La fórmula es sencilla pero efectiva: un entrante, un principal, un postre, vino, agua mineral y café para cerrar el telón. Vamos, lo justo para sentirte gourmet sin salir rodando escaleras abajo.

Entrantes
Comenzamos con una Belle gambas snackée, avocat, vinaigrette soja/sésame. En el idioma de la calle: gambones marcados con precisión quirúrgica, acompañados de aguacate cremoso y una vinagreta que tira de inspiración asiática (soja y sésamo haciendo magia juntos). Plato fresquito, elegante y con ese punto cítrico-salado que abre el apetito con ganas. Un comienzo sabrosón y equilibrado.

Seguimos, como no, con un Foie gras de canard mi-cuit, marmelade de coing. Aquí entramos en terreno clásico francés, el de los sabores potentes y aterciopelados. El foie estaba impecable: templado, fundente, con ese puntito de grasa que te susurra «vive la France». La mermelada de membrillo lo abrazaba con dulzor sin empalagar. Muy sabroso.

Principales
Terminados con los entrantes continuamos con los principales. Para Selema un Noisette de veau poêlée, potiron butternut au romarin. El clásico «noisette» de ternera: redondo, dorado, jugoso. Lo acompañaba una crema de calabaza butternut con romero que era puro otoño en la boca. Aromático, suave y con ese toque campestre chic.

Yo en cambio me decidí por una Blanc de pintade rôti, girolles et salsifis cuisinés au jus. Si no has probado la pintada, es como el pollo pero con un Máster en gastronomía. Aquí venía doradita, con un jugo reducido que te haría llorar de emoción y acompañada de girolles (una seta con clase) y salsifí, ese vegetal tan vintage que parece una raíz pero sabe a algo entre espárrago y alcachofa. Un platazo rústico pero refinado, para eso estoy en París.

Postre (el momento épico)
Y he aquí, «Oh, la la», que los dos coincidimos en saborear unos Profiterole, glace vanille, sauce chocolat. El clásico de clásicos. La masa choux bien hecha, el helado de vainilla cremoso, y esa salsa de chocolate caliente que cae por encima como si fuera una cascada de placer. Aquí no hay creatividad loca ni deconstrucciones raras: esto es postre con todas las letras y mayúsculas. Un final feliz de manual.

Moulin Rouge
Finalizada la cena llegamos al clímax de la noche: el Moulin Rouge: El templo del can-can y las lentejuelas, el cabaret más famoso del planeta. Lo reconocerás por su molino rojo giratorio, su fachada de neón y la cola de gente con cara de “esta noche va a ser épica”.

Fundado en 1889 (sí, el mismo año que se inauguró la Torre Eiffel), este lugar ha visto pasar de todo: aristócratas, bohemios, estrellas de Hollywood, y ahora, tú. Porque venir a París y no ver el Moulin Rouge es como ir a Italia y no probar la pizza.

El show actual se llama «Féerie», y hace honor a su nombre: plumas, brillos, coreografías imposibles, acróbatas, malabaristas, números de magia y, por supuesto, el auténtico French can-can, con sus faldas al aire y sus patadas imposibles.

Todo eso acompañado por un despliegue visual que ni Las Vegas, con bailarines y bailarinas que lo dan TODO (y más). El vestuario es de otro mundo: se usan más de 1.000 trajes por función, con miles de cristales de Swarovski y plumas traídas de Brasil.

Lo sentimos por tus stories y las nuestras, pero no se puede grabar ni hacer fotos durante el show. Así que guarda el móvil y disfruta, que no todo en la vida es contenido. Puedes pedir tu entrada con o sin cena, pero lo mínimo es una copa de champagne, que es como decir “bien hecho, sobreviviste a la jornada más glamurosa de tu vida”.

Y FIN. Nos vamos con la sensación de haber vivido una Noël à Paris la Nuit como una de esas historias que aparecen en las películas: una combinación perfecta de romanticismo, cultura, espectáculo y buen comer. Esperamos que os haga gustado y, por supuesto, os animamos a que la realicéis vosotros también. Y si lo hacéis en pareja… bueno, el resto de la historia ya la escribis vosotros en privado. 😉















