Si pensabas que solo los renos de Papá Noel trabajaban bajo cero, es porque nunca has estado en Disneyland París en plena Navidad. ¡Qué frío! La temperatura estaba más baja que el ánimo de Úrsula cuando le quitan la voz de Ariel, pero el espíritu navideño estaba por las nubes.
- «It’s a small world»: la vuelta al mundo sin pasaporte
- El castillo de la Bella Durmiente: más que una postal rosa
- Bonjour, bonjour: el Pueblo de la Bella y la Bestia
- Un Mickey muy mágico (con caldero incluido)
- Pirates of the Caribbean, Blue Lagoon… ¡y el galeón!
- Phantom Manor: el susto elegante
- Big Thunder Mountain & Riverboat: el lejano oeste congelado
- Jack y las habichuelas mágicas: la sorpresa gigante
- El desfile final: luces, música y… ¡Papá Noel!
- Un día congelado, pero inolvidable

Y la nieve, también. Literalmente todo el parque estaba cubierto de un manto blanco que parecía salido directamente de una peli de «Frozen» (menos mal que no se nos congeló el alma). ¿Y qué hicimos para sobrevivir al fresquito polar? Pues muy fácil: vivir un día de película, con gorro, bufanda y un par de calcetines térmicos. Aquí va nuestra vivencia de una jornada tan mágica que ni los duendes se la creen.

«It’s a small world»: la vuelta al mundo sin pasaporte
Primera parada obligatoria para entrar en calor (emocional, porque físico… poquito): «It’s a small world«. Esa atracción que es como un abrazo de abuela multilingüe. Subes a un barquito, y de pronto estás recorriendo el planeta entero al ritmo de una canción pegadiza que te perseguirá en sueños durante los próximos tres días.

Esta atracción es un clásico de los clásicos. Fue ideada para la Feria Mundial de Nueva York en 1964 y trasladada a los parques Disney por petición expresa de ¡Walt Disney en persona! El tío quería un canto a la paz, la unidad y la monería global.

Y vaya si lo consiguió: más de 300 muñequitos animados bailando y cantando como si no hubiera guerra, impuestos ni reuniones de Zoom. Un mensaje bonito, aunque estés congelado hasta las pestañas.

El castillo de la Bella Durmiente: más que una postal rosa
Ahora sí, el plato fuerte. «El castillo de la Bella Durmiente» no es solo la estrella del parque; es «el parque». Te recibe como diciendo: “¿Listo para sentirte dentro de un cuento? Porque aquí te vas a flipar, chiqui”.

Inspirado en castillos franceses como el de Ussé (sí, el del Loira), este castillo tiene una mezcla de arquitectura gótica, detalles de cuento de hadas y un toque medieval que ni «Juego de Tronos». Y aunque suene muy serio, el resultado es un castillo de ensueño con torrecitas, vitrales y dragones.

Hablando de dragones…¿sabías que debajo hay uno durmiendo? Sí, un animatronic gigante que ruge, se mueve y echa humo. Ideal para asustar a niños y suegros por igual.



Por dentro, el castillo es un museo viviente. Vitrales que narran la historia de Aurora, tapices dignos de una reina y hasta una tienda encantadora (literalmente) donde puedes comprarte orejas de princesa, joyas mágicas o esa varita que siempre quisiste de pequeño pero tus padres decían que “era muy cara”.



Lo mejor de todo es subir a lo alto y mirar el parque desde las alturas. Entre la nieve y las luces navideñas, parecía que estábamos dentro de una bola de cristal agitada por Mickey Mouse. De verdad, si este castillo no te saca una lagrimita, es que tu corazón lo diseñó Scar.


Bonjour, bonjour: el Pueblo de la Bella y la Bestia
Justo al salir del castillo y girar a la izquierda, como quien no quiere la cosa, entras en un lugar que parece detenido en el tiempo: el Pueblo de la Bella y la Bestia. Si has visto la peli de 1991 unas 54 veces (como nosotros), este rincón te hará sentir dentro de la canción de apertura: “¡Bonjour! ¡Bonjour! ¡Bonjour, bonjour, bonjour!”. Solo faltaba Bella con su cesta y un libro en la mano cruzándose contigo.

Las casitas son una maravilla: tejados empinados cubiertos de nieve, fachadas de entramado de madera, ventanas diminutas llenas de flores congeladas y faroles colgando como si Lumière los hubiese encendido él mismo. Hay detalles para morirse: la fuente del pueblo donde Bella solía leer mientras todo el mundo murmuraba que era «tan rara», la librería inspirada en la que tanto amaba, y hasta una panadería que huele como si el mismísimo panadero (sí, ese que grita “¡otra vez leyendo, Bella!”) estuviera horneando croissants dentro.

Y aunque no es una atracción como tal, este espacio está tan cuidado y bien ambientado que te dan ganas de quedarte allí a vivir, cantar con los aldeanos y pasar la tarde hojeando libros junto al fuego. La nieve lo hace aún más acogedor, con un aire entre alsaciano y de cuento de hadas que te hace desear que empiece a sonar “Algo ahí” de fondo mientras caminas.

Un Mickey muy mágico (con caldero incluido)
Y entre tanto paseíto encantado, topamos con una pequeña joya que muchos pasan por alto: la estatua de Mickey como el aprendiz de brujo, justo en su versión más legendaria de Fantasía (1940). Ahí estaba él, con su túnica roja, el sombrero azul estrellado y el famoso caldero mágico burbujeando a sus pies, como si acabara de invocar una ola de hechizos o una avalancha de nieve.

Este rincón tiene algo especial. Aunque no es una atracción como tal, es uno de esos lugares que te transportan sin moverte. En ese momento, entre copos cayendo y luces parpadeantes, sentías que el Mickey de bronce podía cobrar vida de un momento a otro y hacer que todas las escobas del parque se pusieran a bailar. Magia pura. Y gratis.

Pirates of the Caribbean, Blue Lagoon… ¡y el galeón!
Después de tanto cuento de hadas, tocaba piratería. «Pirates of the Caribbean» es una atracción oscura, húmeda y genial, con barquitos que navegan entre peleas, saqueos y un Jack Sparrow que se asoma más que tu cuñado en la nevera de casa. Esta joya abrió en 1992 y fue una de las últimas atracciones que Walt Disney aprobó antes de zarpar hacia el más allá.



La ambientación es espectacular: fortalezas caribeñas, calaveras, ron (ficticio, ¡eh!), y una banda sonora que te hace querer gritar “¡arrr!” cada cinco minutos. Eso sí, entre la humedad del recorrido y el frío de fuera, salimos medio congelados. Así que hicimos lo que cualquier pirata sensato haría: ir a comer al Blue Lagoon Restaurant, ahora llamado Captain Jack’s (nosotros somos de la vieja escuela), ese restaurante con mesas junto al río de los piratas, con lucecitas tenues y ambiente tropical aunque fuera estés a -3ºC. Comida criolla, pescados, arroz con coco… todo calentito y delicioso. Comer ahí es como meterte en una peli sin tener que actuar. Y con los dedos ya descongelados, seguimos la aventura.



Un gran pirata soy…


Y ya que estábamos en modo corsario, nos subimos al Galeón Pirata, anclado justo al ladito. Es más para explorar que para navegar, pero con la nieve sobre las velas y la madera crujiente bajo los pies, parecía que íbamos rumbo a Tortuga a celebrar la Navidad con ron y turrón.



Phantom Manor: el susto elegante
Con el estómago lleno y las emociones piratas aún latentes, nos fuimos a visitar a los fantasmas de Phantom Manor, que es como la casa del terror pero con clase. Mezcla de la Haunted Mansion americana con toques western gótico, esta atracción es oscura, misteriosa y… sorprendentemente bonita.

Inaugurada junto con el parque en 1992, la historia cuenta las desventuras de una novia fantasma y una mansión maldita en Thunder Mesa. Mientras recorres el lugar en un “doom buggy”, te vas encontrando con salones polvorientos, retratos que te siguen con la mirada y esqueletos que tienen más vida social que tú.

Big Thunder Mountain & Riverboat: el lejano oeste congelado
No podíamos irnos sin subir a la montaña rusa más mítica del parque: Big Thunder Mountain. Esa mina maldita en medio del río es un clásico adrenalínico que te despeina hasta el alma. Construida con una ambientación del Lejano Oeste, su historia habla de una mina que fue abandonada tras unos misteriosos temblores. Pero claro, eso no impide que unos locos (como nosotros) se suban a unos carritos a toda velocidad.

Pero lo mejor es ver «la isla desde el agua», así que también nos subimos al Riverboat, un enorme barco de vapor que te lleva por los alrededores de Thunder Mesa como si fueras en busca de oro o de mantas térmicas. Entre la escarcha, los árboles nevados y las vistas a las atracciones, el paseo fue tan navideño que solo le faltaban unos villancicos y chocolate caliente a bordo.

Jack y las habichuelas mágicas: la sorpresa gigante
Y cuando creíamos haberlo visto todo, ¡zas!, aparecemos frente a una planta gigante saliendo de la tierra: Jack y las habichuelas mágicas. Esta zona de Fantasyland suele pasar desapercibida, pero en Navidad, cubierta de nieve, el tallo gigante parece aún más mágico. La escena está congelada (literal y figuradamente) en el momento en que Jack huye del castillo del ogro. No hay atracción como tal, pero es perfecta para fotos y para hacerte sentir que cualquier historia puede crecer hasta el cielo.

El desfile final: luces, música y… ¡Papá Noel!
Y cuando ya pensábamos que no podía ser más mágico, llegó el desfile final. Carrozas iluminadas, personajes Disney bailando como si no existiera el frío, y música tan emotiva que hasta Maléfica estaría aplaudiendo. Mickey, Minnie, Goofy, Elsa, Buzz Lightyear… todos pasaron saludando como si nos conocieran desde siempre.




Y al final, entre confetis y una lluvia de luces, apareció Papá Noel. No, no era un actor. Era «el auténtico», con su trineo y todo, repartiendo sonrisas y echando miradas cómplices a los niños (y a los adultos que aún creemos en la magia).



Un día congelado, pero inolvidable
Pasamos frío, sí. Pero también pasamos uno de los días más mágicos del año. Porque si hay un lugar donde el espíritu navideño se vive con intensidad (y con guantes), es Disneyland París. Y cuando la nieve cubre el castillo, los piratas navegan entre luces y Papá Noel se despide entre música y confeti, sabes que no solo estuviste en un parque… sino en un cuento de invierno con Final Feliz.















